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Algunas puntualizaciones sobre la prevención desde el psicoanálisis.

El siguiente escrito expone reflexiones de un trabajo de prevención que se inscribe en el territorio fronterizo de la prevención y el psicoanálisis. En esa misma frontera podremos ubicar los aportes así como también las diversas dificultados de ambos discursos.

Las diferentes crisis acontecidas en nuestro país en los últimos veinte años han ido dejando diversos estragos en las diferentes formas de presentación de los síntomas. Es sabido, que las adicciones, a sustancias especialmente, han sido parte de la historia de la humanidad tomando diferentes estatutos tales como uso en pasajes vitales, inclusión en ceremonias, etc.

Hemos sido testigos de la explosión endémica en el uso problemático de las mismas en los últimos años como consecuencia de incesante maquinaria del consumo que alimenta el sistema capitalista en el que estamos inmersos.

Las diversas crisis económicas y sociales acontecidas afectan a amplias capas de la población y trastocan la salud mental, en especial, a aquellas familias que pertenecen a estratos sociales de escasos recursos y fuerte vulnerabilidad social.

Estamos frente a una catástrofe social porque el desempleo, la violencia, los modos de relaciones violentas inundan al punto de convertirse en situaciones “casi naturales”. A diario somos testigos a través de los medios de comunicación los modos de presentación de los excesos sociales. Modos de presentación de los malestares contemporáneos.

Conviene, entonces, tener en cuenta la advertencia de la psicoanalista Silvia Bleichmar, cuando dice que uno de los problemas más graves, que estamos padeciendo es la naturalización de las catástrofes sociales o históricas, su presentación como algo del orden de lo natural, de lo imposible de ser enfrentado, cuando son efecto del descuido, la negligencia o la irresponsabilidad de las administraciones, que hacen una desmentida, que se hacen las de la vista gorda, ante la corrupción, cosa que se torna catastrófica, en tanto y en cuanto, perjudica a sectores importantes o a grandes masas de la población, cuya condición de sujetos psíquicos queda impactada por el padecimiento.

Este impacto es el que se conoce como trauma desde el psicoanálisis, y se puede definir como el estado mental ocasionado por la acción de un estimulo-interno u externo- que provoca una marca, una lesión en el aparato, ya que dicho estimulo provoca una rotura de la barrera de protección-defensas- ante la imposibilidad de cualificarlo provocando un desequilibro en el sujeto, un “desnudamiento” que lo sobrepasa; a la vez que puede reactivar viejas marcas provocando un empobrecimiento del sujeto.

Sabemos que las situaciones traumáticas producen efectos a corto, mediano y también a largo plazo en tanto esa vivencia dolorosa permanece como un resto inasimilable para el sujeto. En lo colectivo ponen en riesgo la posibilidad de la “continuidad” de uno mismo.

Lo traumático implica entonces un estimulo violento, que luego desaparece pero queda grabado en el aparato de modo que reaparece dentro de el; pero cuando el trauma afecta a todo un colectivo hace a esa población mucho mas vulnerable con efectos en lo singular en cada uno de los miembros de ese colectivo. Lo violento arrasa entonces con las palabras que permitían nombrar y narrar los sucesos traumáticos.

Entonces, frente a los traumático, lo mas terapéutico es crear espacios para que esos sujetos “traumatizados” o amenazados por duras realidades de exclusión y vulnerabilidad, puedan pensar esos sucesos dolorosos y desagradables y ponerlos en palabras, para que ellas se encadenen pudiendo ser reflexionadas a nivel conciente, para que no sea la constante “piedra en el zapato”. Esta acción puede evitar, prevenir que el sujeto pase a acciones impulsivas (como los fenómenos de violencia contemporánea o consumo de sustancias) en un intento de inscribir el malestar.

Lo que hay que subrayar como preventores desde una perspectiva psicoanalítica entonces es que esos eventos de desorganización-marginalidad social-no tiendan a repetirse y puedan incluirse en el relato histórico del sujeto, de tal modo que el sujeto pueda pensar desde el presente los hechos traumáticos. Y desde este modo, pueda construirse un futuro distinto. Esto implica un fuerte desafío para ambos, el preventor y el sujeto, ya que exige tomar una postura alejada del asistencialismo o el lugar de victima para adoptar una posición activa en la búsqueda de acciones pensadas que sean mas efectivas que las impulsivas; en este sentido abrir espacios de reflexión y instaurar programas que subrayen la vía regia creativa que de paso a la sublimación.

Por tanto es necesario el trabajo lento no intrusivo a modo de implicarse en la población a tratar desde una lógica inclusiva. La idea es entender lo que ocurre en el imaginario de los sujetos y los soportes de sus representaciones sociales con el fin de comprender lo que ocurre en ese mundo, intentando adentrarse en la vida anímica para propiciar condiciones de búsqueda de nuevos sentidos y significaciones. Allí en ese grupo atravesado por la cultura que lo habita es justamente donde se ponen en juego las relaciones entre los sujetos, con un aspecto relacional y vincular permitiendo a cierto acceso del inconciente grupal.

Así es como es posible propiciar una comunicación en red donde el preventor no es un sujeto que sabe, pues el verdadero saber surgiera de los miembros del grupo. El preventor es como el moderador que permite la circulación de la palabra y señala los puntos donde esta se atasca para que pueda avanzarse en el objetivo; esa función puede ejercerla a través de intervenciones y señalamientos esclarecedores cuando se producen confusiones. El preventor entonces tiene como función la de ayudar a descubrir como se articulan las representaciones que se tienen de las vivencias subjetivas, sobre todo teniendo en cuanta que la elaboración de lo traumático es un proceso individual y social a la vez.

Las intervenciones entonces pueden servir como sutura intentando esclarecer las situaciones que van ocurriendo en un movimiento que va y viene-como un trapecio- permitiendo estructurar y desestructurar las cosas, de tal modo que sanen las heridas, abriendo la posibilidad de salir de la repetición frenética del excluido.

Los programas pensados con esta lógica pueden movilizar a la desalineación que el Poder Capitalista imperante trata de obstaculizar para que queden alienados y enajenados en el sin tener clara conciencia de esto. Es la práctica social de programas creativos y desalienantes los que propician condiciones de establecer nuevos modos de relación en el entramado social instituido facilitando el establecimientos de lazos entre los miembros participantes para así enfrentar una determinada problemática de tal forma que se construya un nuevo anclaje.,

Waisbrot, D. y otros (compiladores). Clínica psicoanalítica ante las catástrofes sociales. La experiencia argentina. Paidós, Buenos Aires, 2003, pp. 35-51.

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